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viernes, 9 de abril de 2010

Capítulo 36: Un final?

Un leve ventarrón aletargaba el sofocante calor de los días previos, sentado a la sombra del monumento al General Arenales apenas podía buscar argumentaciones lógicas que explicaran el objetivo de lo que en instantes iba a producirse. Curiosidad, simple curiosidad, fue lo único que más o menos podía explicarlo.
Lentamente apareció por detrás de la Catedral, llevaba un vestido negro suelto y un sacón imitación de cuero que apretaba nerviosamente contra sí misma. No sabía a ciencia cierta porque la reconocí, estaba distinta al recuerdo insistente en mi cabeza. Ni desmejorada, ni mejorada, simplemente distinta. Algo más avejentaba, a la distancia creí percibir alguna que otra cana entre el castaño muy oscuro de su cabello, pero también con un aplomo diferente, como si se hubiese entregado con fruición a los ejercicios físicos, algo más estilizada aunque sus carnes sugiriesen una mayor firmeza que en nuestra juventud... No, no sé porque la reconocí, quizás el andar incómodo de sus pies enfundados negros zapatos con taco... “Ufff... ¿Qué piel la mía? Todos los zapatos me lastiman...”, rescaté de un viejo baúl negado durante quince años.
Caminó directamente hacia mí, al fin y al cabo, me mantengo casi idéntico exceptuando las arrugas y color cano sobre mi cabeza. Pero, sin dudas, cualquier fantasma pasado es capaz de reconocerme con cierta facilidad. Caminaba directamente hacia mí, aunque de inmediato noté una cierta duda, siempre dudaba, aunque estuviese totalmente segura de que el cielo era azul dudaba mucho antes de afirmarlo. Con cada paso de acercamiento, más nerviosos se hacían sus giros de cabeza buscando a otro más igual a mí mismo, a sólo dos metros se detuvo y tornó los giros aún más nerviosos...
“Hola, tanto tiempo... Cómo verás, sigo vivo, o, al menos, algo parecido”, dije para apartarla de sus dubitaciones, sentí de inmediato su incomodidad de recordar mis vanas e incumplidas promesas suicidas. Sonreí mientras tiraba mis brazos hacia atrás, conocía muy bien ese gesto que revelaba mi eterna incorregibilidad, lentamente el rictus facial de su preocupación comenzó a dejar lugar a una risa que recordaba ansiosamente, esa risa de dientes ensortijados que era capaz de anular toda la miseria de un mundo miserable...
- Sí, cómo verás, ese fue otro de mis fracasos... Cómo siempre me decías, podría ser cualquier cosa que me proponga pero termino por no ser nada... – dije mientras sus ojos eran tomados por una nostalgia inconfundible – Bueno, bueno, para qué vamos a hablar de mí, no soy mucho más que un absoluto fracaso. ¿Cómo te ha ido a vos? ¿Seguís soñando con ser directora de cine? ¿Cómo te ha ido a vos?
- ¿A mí...? – preguntó con la mirada puestas en mis pies aproximándose
- Sí, a vos – le dije mientras mi palma derecha empujaba su barbilla hacia arriba – Hace demasiado que te perdí pisada
- Nada... De mí, nada, a decir verdad, me extraña que te intereses por verme – dejó caer de sus labios con la misma triste formalidad de la cual se revestía cada vez que intentaba acusarme en una de nuestras peleas...
Reí, reí lo más que pude, y sólo puede susurrar “tanto tiempo” entre dientes... Pasaba mi primera novela, Clara, mi bien suegro, el contrato que me unía a Restrepo, admiradas estudiantes de letras que buscan en mi esperma llevarse un brote de talento, presentaciones, premios comprados por Alejandro, Henao y su prosa impotente, las jeringas entrando en la pantorrilla de Mariano, el acabado original de “La perversión y la leche” arrumbado entre la ropa desparramada en mi habitación... Saboreé, todo como si fuese la última comida de un condenado, lo saboreé y volví a saborearlo...
- Tanto tiempo... – sólo pude decir
Su boca seguía cerrada escondiendo el entrevero dental que tantas veces me había ilusionado, su vista volvía a perderse en mis pies... Extendí la mano, empujé suavemente de su barbilla hasta que sus ojos se toparon con los míos...
- Vengo para que me dirijas un película
- Hace mucho que deje de pensar en eso...
- Pero nadie más que vos puede, es sobre mi novela
- Las leí todas, siempre guardó los recortes, no salen muchos acá, pero los guardó...
- No, te equivocas, sólo tengo una novela, lo demás es letra muerta.
- ¿Cuál? – susurró
- La primera...
- “La noche”... “La noche, lo más difícil, siempre, es la noche...” – recitó casi de manera automática
- Sí... Pero, está mal, necesitó que me ayudes a reescribirla...
Lenta y temerosamente puse mi mano contra la suya y ella se aferró con la fuerza de quince años de esperar ese instante...
- ¿Sí...? ¿Y cómo empezaría...?
- No sé, quizás diciendo: “Los escritores enfrentan dos grandes problemas...”

Capítulo 35: Y al tercer día

Las comisarías salteñas resultaron ser bastante más confortables de lo que podría haber supuesto, sólo un par de llamados bastaron para que las dos horas de demora resultasen más que acogedoras. Alejandro se sorprendió bastante de enterarse que estaba en Salta, sin embargo, tras pedirme que junto a Mariano le ayudáramos a armar la presentación de Henao en la semana próxima y yo comunicarle que eso era medio difícil porque esta madrugada habían encontrado muerto a Mariano de una sobredosis, creo que ahí vino lo realmente sorprendente, pues su respuesta fue: “Qué macana… ¿No conocés otro que nos pegue una mano?”. Luego de mandarlo a la soberana mierda y repetirle que hiciera los llamados correspondientes para salir rápido de la comisaría, le conteste que no conocía a nadie que le interesara mucho la basura que escribe Henao, pero “siempre hay algún retardado mental a mano”. El comisario Salinas me da un último mate y el cabo Fuentes me envuelve una par de humitas mientras les dejo un autógrafo, resulto que los milicos eran amantes de la literatura, o, al menos, lo suficientemente instruidos para reconocer que todo lo que escribe ese viejo puto reprimido de Henao es una soberana cagada, le pido a Fuentes que me deje en la Plaza Nueve de Julio, tengo ganas de ver si encuentro alguna librería por la peatonal Alberdi.
El escenario en el centro salteño no es agradable, esquivo un grupo de rubios altos, oriundos de Suiza o algún lugar, sólo para encontrarme en medio de una constelación de orientales, vaya a saber de que país, provistos de un nutrido arsenal de cámaras y filmadoras digitales. Agacho la cabeza y ruego que no me reconozcan mientras rememoro las palabras de Alejandro sobre lo bien que van las ventas en Singapur, lo cual, hasta hoy, sólo me había generado cierta emoción cuando percibí el cheque por las regalías.
Voy ida y vuelta por la calle hasta resignarme a que la única librería es ese negocio que combina la literatura con la venta de “delicatessen” entre Alvarado y Urquiza, asumo que no tendré otra opción que detenerme frente a sus vidrieras a contemplar al menos diez ejemplares de “El Mensajero de la Luz”, la última basura sobreabundante de Henao.
- ¿Por qué lo tienes tan montado en un huevo?
- Porque es un puto reprimido, Mariano…
- Claro, claro… Lo de la orejudita no tiene ninguna relación…
- Mirá, Mariano, estás muerto, así que no tenés ningún derecho a andar rompiéndome las pelotas. ¿O sos el “Fantasma de las Navidades Pasadas”?
- Bueno, pué… ¿Cómo estás?
- ¿Yo? ¿Y vos?
- Muerto… No creas que es muy interesante convertirse en alimento balanceado para gusanos.
- Lo mío tampoco… Acabo de conocer una comisaría salteña por dentro, tengo un paquete de humitas bajo el brazo, se acaba de morir un amigo y le rompí la trompa al hermano de ese amigo, estoy tomando tanta ginebra que debo tener una destilería en el hígado, desde hace unas tres semanas volví a hablar solo, ahora tengo por interlocutor a un muerto y… ¿Además? Además volví a fumar.
- Y… Lo del cigarrillo es complicado…
Me sonrio tratando de seguir con la vista fija en los ejemplares de la vidriera y no darle mucha bolilla a la aparición que ha decidido venir a romper mi autolamentación.
- ¿Le avisaste a Gustavo?
- Le dije a Víctor que le avisara… Soy medio animal para dar estas noticias, Mariano. ¿Qué tal el infierno?
- Pué… ¿Tan prejuicioso resultaste?
- Y… Si cualquiera de nosotros dos termina en el cielo, confirmo lo bien que hice en mantenerme ateo… Porque, digo… ¿Cómo que Dios sería un flor de pelotudo o un flor de hijo de puta? ¿No…?
- Si tú lo dices…
- ¿Che…? Mejor pianto para el hostal, porque esto de estar hablando con un muerto en pleno centro salteño es medio como que no da… ¿No?
- Pero si estás murmurando apenas…
- Igual, igual… Es raro, vamos al hostal, te invito… ¿Podés atravesar las paredes y todo eso?
- No sé, es la primera vez que ando como aparición… Ahora pruebo.
- Dale.
Intento no atender a Mariano en las menos de tres cuadras que me separan del hostal, el recepcionista intenta a ser amable y, francamente, me rompe un tanto las pelotas, después de todo, él me resulta total y absolutamente indiferente, tener que esbozar un sonrisa esforzada y a contramano no es algo que quiera, pero su atenta actitud me obliga y, y… No me gusta que me obliguen.
- ¿Flaco, no pensaste que esa sonrisa te da una considerable cara de pelotudo? – digo mientras tomo la llave
Dejo atrás su rostro desconcertado y prendo un cigarrillo cuando creo distinguir unas palabras del recepcionista, algo así como que no se puede, sólo extiendo el índice y, sin darme vuelta, se lo muestro realizando un ampuloso movimiento desde abajo hacia arriba, cuestión que entienda que puede metérselo por donde se le cante. ¿Qué culpa tiene el pibe? Ninguna, solamente me jode y… En fin, no me cuestiones ahora conciencia de mierda… Claro, claro, para vos es que estoy “sacado”… ¡Qué fácil qué la tenés! Vos no sos quien lidia con esta puta mierda. Cierro la puerta con violencia y me siento ante la laptop, la mente no está en blanco pero no puede escupir nada contra este teclado, siento ganas de lanzar esta máquina contra la pared. ¿Qué puede perderse? Si todos sus bytes de memoria seguirán incólumes para poder atormentarme. ¿Qué…?
Mariano no está, recién advierto que lo he perdido, asumo que no pudo atravesar a las paredes. ¿Qué hará una aparición perdida en Florida entre Alvarado y Caseros? ¿Se sentirá sola o habrá perdido esa capacidad? Dejo que mi vista se centre en el original que ayer me dio, lo observo detenidamente y pienso si el muy hijo de puta lo tenía planeado.
- ¿Lo planeaste así…?
- No sé. Lo más probable es que sea un producto de tu neurosis, así que lo que diga… Bueno, pué, no es muy fiable…
- ¿Te estoy imaginando, Mariano?
- Fijate que ni siquiera hablo como solía hablar, tan sólo un par de clichés que te han quedado grabados, es decir… Por ejemplo… Esta constante repetición del “pué”
- Es que me daba… Me daba mucha gracia como lo decías, me acordaba de… En fin, cuando se enojaba lo decía muy parecido.
- ¿Gracia? No sé si estás eligiendo bien las palabras, mejor, deberías dejar la laptop, no estás muy lúcido para escribir, pero… ¿No era que no la amaste?
- No. No la amé…
- ¿Y por qué la añorás? Esa es la palabra, esa… Te da añoranza.
- Porque fue más que eso, fue más que amor.
- ¿Qué entonces?
- Esperanza, Mariano, un puto engaño, la estúpida idea de que vivir es más la puta línea recta que transita entre el nacimiento y la muerte… Me creí que había un desvío y… En fin, me engañe como un pelotudo, no hay desvíos, Mariano, no hay desvíos…
Destapo la petaca y apuro un trago de ginebra, tengo la tentación de ofrecerle pero asumo que las apariciones no pueden beber.
- ¿Por qué, Mariano? ¿Por qué te moriste?
- Soy producto de tu neurosis, Marcos.
- Ya sé, ya sé…
- Quizás porque todos tenemos que morir de algún modo y en el algún momento, nada más que eso.
- Y si no sos mi neurosis, si realmente te veo, si… No sé, no sé. ¿Podrías dejarme sólo, Mariano?
- Tú me has traído.
- ¿No podés irte, entonces?
- Creo que no.
Intento que un nuevo trago de ginebra me acostumbre a esta aparición que parece no querer o no poder apartarse.
- Si los dos estamos muertos…
La aparición de Mariano parece no poder o no saber contestarme.
- Hace unos días que lo estoy pensando, Mariano, quizás sí me ahorqué esa noche y nunca publiqué nada, nunca gané ese premio, nunca me casé con Clara, nunca… Nunca… Nunca me convertí en este despojo, Mariano, simplemente… Simplemente es el castigo, el tránsito que debo recorrer en el Purgatorio, Mariano, sólo eso. Quizás los dos estemos muertos, quizás seamos los dos.
- ¿Quieres que te conteste?
- Ya sé, ya sé… Sos un producto de mi neurosis.
- ¿Sigues trabajando en “Payaso”?
- A veces, Mariano, a veces… Hay cosas que me cuesta escribir.
- Recuerdo un fragmento, apenas unas líneas: “El Payaso observa a el Cuerpo caído, lo nota inerte, él, el Payaso, esta vez no ha hecho nada para que esto sea, el Cuerpo tan sólo cayó desplomado, trajinaba errático como el resto y tan sólo cayó, ningún Cuerpo parece advertirlo y siguen deambulando en su rededor, nadie o nada más que el Payaso y el Cuerpo caído se ha detenido. Lo contempla estático, no sabe o no cree saber si le ha provocado una sensación, algún tipo de sentimiento, nada más ha quedado… Ha quedado… ¿Estupefacto? Sí, estupefacto, supone que es la palabra mientras sus pensamientos se posan en el Ella que vio o creyó ver ayer, es decir, en el período de tiempo que él, el Payaso, atribuye a ayer. Intenta algo que llama reflexionar, algo que le permite entender, lo que quiera que eso sea, cree, ahora que el Ella es otro plano de la existencia… ¿Pero qué es otro plano de la existencia? No lo sabe, pero es otro plano de la existencia. Quizás, tal vez, de algún modo, podría ser que él, el Payaso, y el Ella provengan de un mismo plano de la existencia, mientras… ¿Los cuerpos habitan en un plano distinto? ¿Sería sólo que él, el Payaso, habita en el plano equivocado? Tal vez, probablemente, es una posibilidad, quizás, puede ser que el Cuerpo inmóvil ahora habite en el plano de la existencia que él, el Payaso, debería habitar. El Payaso desea preguntarle, pero… Sabe que no le contestara”
- ¿Qué querés decirme?
- Tal vez tengas razón y… ¿Estés muerto? Quizás tengas razón y estés transitando un plano de la existencia, un plano diferente. ¿El Purgatorio?
- ¿Y…?
- No tengo la menor idea.
- Gracias.
- No sé. Quizás sólo debas resolver si abandonarte a la muerte o… ¿Vivir? ¿Resignarte a vivir, Marcos?
- “Y al tercer día resucitó de entre los muertos…”
- Sí, pero sin ascensión a los Cielos, Marcos…
Abro el archivo de texto que creé ante de enterarme de su muerte, releo “La Quinta” y, renglones abajo, “Por Marcos Sarría” antes de escribir la primera línea. Doy una pitada a un cigarrillo que casi ya se ha extinguido y tomo el celular, marco 0387 antes de digitar los números de ese teléfono que me entrego Hija. “Te voy a extrañar, Mariano” digo antes que una voz que creo familiar me conteste desde el otro lado de la línea.

martes, 6 de abril de 2010

Capítulo 34: Aquel viejo consejo

El hospital es lánguido, ni más ni menos que otros hospitales, solamente lánguido. “Media cuadra”, pensé cuando el remisse se detuvo en Sarmiento y esas dos palabras parecen aún no querer apartarse de mi cabeza al momento de toparme con Esteban que apenas esboza un saludo sin dejar de hablar por el celular. Me quedo a unos cuantos pasos, metiendo y sacando las manos en los bolsillos o frotándomelas sobre los muslos y la barbilla, estoy inquieto, no muy inquieto, simplemente me asalta la incomodidad que siempre he sentido en estos lugares. Cementerios, salas velatorias, hospitales y consultorios de dentista me han generado siempre la misma sensación, ese olor penetrante en mis narices. No sé, siempre lo he atribuido al formaldehído pero, en realidad, no sé como huele el formaldehído aunque asuma que huele así. Sin apartarse del celular, Esteban se dirige hacia mí.
- ¿Marcos, podemos ir a otro lugar?
Le devuelvo una mueca en dirección a los dos “pata de plomo” que lo acompañan y el índice, a la altura de mi pecho, transita de un extremo a otro en clara muestra de mi negativa. Su respuesta es la esperable de estos tipos, cierta mirada que no da dudas sobre que no nos está haciendo una sugerencia, lo cual, sinceramente, me friega bastante un huevo y vuelvo a agitar el índice de un extremo a otro.
- Marcos…
- Lo que me tengas que decir, me lo decís acá. ¿Entendemos?
- Tú…
- ¿Yo? Las pelotas.
Desde que lo conozco, hará más de diez años, incluso conocí a Mariano por su intermedio. En fin, desde todo el tiempo que lo conozco, Esteban siempre fue hombre del gobernador, han pasado varios gobernadores, varios partidos y siempre Esteban es hombre del gobernador, lo cual, le ha generado cierta desviación de la conducta en que no alcanza a procesar racionalmente una negativa.
- Tu problema es que te crees que porque tu suegro es…
- Es mi ex suegro, Esteban – digo remarcando especialmente el “ex” – Y créeme que no lo necesito para ponerle los puntos a un pinche como vos. ¿Estamos?
No está cómodo, se le nota, está acostumbrado a las oficinas chiquitas a… Digamos, una cierta oscuridad en su vida, un permanente tras bambalinas que pareciera haberlo convencido de que es “alguien”, una personalidad trascendente aunque en su epitafio, seguramente, nadie pueda escribir otra cosa que “Aquí yace Esteban Lerma. Qué en paz descanse”
- Marcos, Marcos… Tú siempre con ese carácter – dice poniéndome su mano en la espalda para, al menos, ir hacia un costado menos transitado del pasillo – Debe ser cierta “sensibilidad” que tienen ustedes…
- ¿Ustedes…?
- Bueno, bueno… Los de tu orientación… Como Mariano.
- Me gustan las minas, Esteban, siempre me gustaron las minas, hasta hoy ni probé con un tipo. Entendelo, no todos los escritores somos putos. Mariano era puto, yo no. Esto no es “sensibilidad” de puto, es que sos una mierda con patas, Esteban, no me gusta andar mucho tiempo con vos, y a Mariano tampoco le gustaba, en general, a cualquier persona, que no sea un hijo de puta, no le agrada andar con vos. ¿Entendés, Esteban? ¿Ahora, qué mierda querés?
Su tez morena empalidece, no sabe como manejar que le lleven la contraria, se supone que “él es Esteban Lerma” y no está acostumbrado a que sus interlocutores no se dediquen a otra cosa que sea degustar el putrefacto gusto a mierda de sus asentaderas. Duda un poco hasta que se decide a hablar.
- Necesito que entiendas que Mariano sufrió un paro cardíaco, era obeso, no se cuidaba… No hacia una dieta y… Su corazón no soporto.
- Contando que la última vez que lo ví se estaba por picar, asumo que sí, que fue un paro cardíaco, porque creo que no tenés los huevos suficientes para clavarle seis o siete balazos porque te jodía muchísimo tener un hermano puto, asumo eso. Pero no creo que haya sido la dieta, ni que no se cuidaba… Me parece que fue una sobredosis, Esteban.
- Es necesario.
- ¿Es necesario…?
Nuevamente se queda sin palabras.
- ¿A vos, pedazo de neurótico esquizofrénico, te parece que voy a ir por ahí diciendo que Mariano Lerma se murió de una sobredosis? ¿Qué gano? ¿Plata, espacio en los medios? ¿Qué gano?
- Por eso…
- Tomate tres gotitas de rivotril que estoy hablando yo. Me jode que lo voy a extrañar, me jode que nuestras últimas palabras fueron “Sara te abre”, me jode todo eso… Me jode que está muerto, me importa tres huevos porque mierda se murió. ¿Nos entendemos?
- Entonces… ¿Estamos de acuerdo?
- No. No estamos de acuerdo, pedazo de infeliz… Vos sos un enfermo hijo de mil puta y yo soy un ser humano, no sólo que no podemos estar de acuerdo, sino que somos de especies distintas, pelotudo.
El metro ochenta y algo de Esteban vuelve a quedarse totalmente mudo. Sé cuanto lo puede molestar mi próxima frase y por eso mismo dejo de salga lentamente de mi boca, sólo para poder disfrutarla un poco más.
- ¿Ya le avisaste a Gustavo?
- No. No… No podemos.
- Era la pareja, pedazo de pelotudo, tiene más derecho que vos…
- Marcos… Somos una familia tradicional, entenderás…
- ¿Familia tradicional?
- Sí.
- ¿De dónde…? Tu bisabuelo era un gallego garca que se bajó del barco con una mano atrás y otra adelante, cagó tres o cuatro collas, se hizo unos mangos e inventó que era descendiente de Hernando de Lerma… No me jodás…
- Esos son inventos del degenerado de Mariano.
- ¿El “degene” qué?
- Degenerado – el tono de Esteban ahora no sólo demuestra cierta incomodidad sino que adquiere cierto ribete desafiante.
Prendo un cigarrillo, le doy un par de pitadas, me rasco la barbilla, ciertas cosas en la vida necesitan de una breve “pausa dramática”, dejar que el silencio se instale para luego dar lugar al diálogo incisivo.
- ¿Vos lo decís…? Cuando te conocí, mi ex, y te remarco lo de ex, mi ex suegro tenía que conseguirte, a vos y a tu patroncito de ese entonces, putas de menos de quince para que le firmaran las concesiones. ¿Te acordás…? Pedazo de hijo de mil putas. Avisale a Gustavo, no me volvas a romper las bolas en toda tu puta y miserable existencia como el gusano que sos, y quedate tranquilo que no necesito prensa, gil. No necesito prensa y… Vos tampoco. ¿No es cierto, Estebancito?
Le doy dos palmaditas en el hombro antes de dar media vuelta hacia la puerta del hospital, no alcanzo a dar un par de pasos cuando escucho la voz de Esteban.
- Entonces… ¿Estamos de acuerdo?
Algún viejo conocido me dijo que, contra los grandotes, primero le tenés que dar una buena patada en el medio de los huevos y después seguir dándoles hasta que para reconocerlos necesiten utilizar sus impresiones dentales, recuerdo aquel viejo consejo en el preciso instante que el taco de mi zapato parte en dos el tabique de Esteban.

sábado, 3 de abril de 2010

Capítulo 33: Hacia el suelo

Intento sentarme frente a la laptop y ordenar esta catarata de notas, estas palabras que en raptos de vértigo he volcado desde el teclado, pero algo me molesta, no sé que, pero hay algo que me molesta e impide la concentración. Ya me he dado dos duchazos, he revisado una y más veces el original que me entrego Mariano, pero mi cabeza sigue dispersa, sumergida en una vaguedad que termina por inviabilizar todo intento para conectarme con las líneas que muestra la pantalla. Debería dejar de lado la petaca y dar una vuelta por la Balcarce, ir a algún pub, sentarme a escuchar algo de música y… Quizás buscar alguna compañía que disimule, al menos por un rato, esta desatención me ha asaltado. Sin embargo, decido un nuevo intento, abro la carpeta y miro sin mirar los iconos que representan cada uno de los múltiples archivos de texto que he ido acumulando, quedo absorto en algún punto de la pantalla, respiro profundo he intento cerrar los ojos y dejar que mis dedos se vuelquen sobre el teclado. Es una “tormenta de ideas”, un método que me enseño algún profesor de mis años en Abogacía, tan sólo te haces una pregunta, planteas un problema y empiezas a volcar lo primero que viene a tu cabeza. Comienzo a escupir palabras sobre un nuevo archivo de texto ayudado por aquel curso de mecanografía que me ha resultado un patrimonio invalorable durante estos años. “Kerouac” es una de las palabras que surgen de algún espacio recóndito del subconsciente. Kerouac, escribía en rollos de papel continuo, creía que debía descargar toda su inspiración en un rapto que no admitía interrupciones tan molestas como es cambiar la hoja en el rodillo de las antiguas máquinas de escribir mecánicas, lo suyo era una suerte de trance, escribía como en un trance, no así Galeano, Galeano prefiere la escritura a mano, detesta el traqueteo incesante de la máquina de escribir, incluso, también, del teclado de la computadora… Son gustos, son acercamientos, yo amo el sonido, extraño eso de mi vieja Olivetti, el traqueteo rítmico de su teclado mecánico, la suave musicalidad del momento reflexivo y ese traqueteo frenético, como un riff visceral, que descarga el rapto de inspiración en estado puro… Pero… ¿Adónde intento ir? Esa es la pregunta, esa era la pregunta. ¿Qué estoy escribiendo? ¿Una búsqueda, una…? ¿Una qué? Eso es lo que es. “Una qué”, tan sólo “una qué”. No tiene explicación, ni tiene orden, no tiene un principio, sólo un hito espacio-temporal donde este ‘”una qué” comienza a transmutarse en papel o, en este caso, impulsos eléctricos recogidos por el archivo de texto. Tampoco habrá final, sólo un punto en el espacio-tiempo donde este “una qué” abandonará el espectro visible y simplemente dejaremos de saber de él… No hay ni principio ni fin, sólo un punto donde percibimos el “una qué” y otro donde, tan sólo, dejamos de percibirlo, tampoco un desarrollo, sólo un tránsito, una experiencia si se quiere, la cual, no guarda una lógica, solamente se produce sin coherencia y sin ritmo predestinado, sólo nos sorprende en nuestro desahucio… Abro un nuevo archivo, “La Quinta” escribo, golpeo un par de veces la tecla “Enter” y con “Por Marcos Sarría” completo.
Un golpe en la puerta interrumpe la faena, me levanto para ver que pasa y encuentro la figura del recepcionista, el mismo “Chonguito lindo”, según Mariano, de esta mañana.
- Señor, tiene una llamada telefónica
- Me la puede pasar a la habitación
- Sí, no hay inconveniente
La llamada tarda unos instantes en ser captada por el aparato de mi habitación, la voz de Esteban es aún más seca de lo que la recuerdo y sus palabras surgen con la misma e inclemente automaticidad, distingo el original de “La perversión y la leche” caído entre el desorden de mis ropas y, tan sólo, dejo caer el tubo hacia el suelo.

viernes, 2 de abril de 2010

Capítulo 32: Cansado de no ser puto

Despierto en una de las habitaciones, extiendo el brazo hacia un costado que encuentro lo suficientemente vacío como para confundir mis recuerdos, a duras penas logro ponerme boca arriba y acostumbrar los ojos a la claridad que ingresa por la ventana, refriego dos veces o más veces la mano contra este rostro que revela el desconcierto que me asalta ante cada una de las preguntas que hago sobre anoche. Quisiera… ¿Quisiera qué? Por lo pronto, poder incorporarme y encontrar los cigarrillos, realmente necesito uno, debo haberlos dejado en la gabardina que… No sé, creería que debe estar abajo, distingo el pantalón en un rincón, tendré que decidirme a incorporar este cuerpo y remontar la distancia que lo separa del estar. Logro ponerme el pantalón y adaptar los ojos lo suficiente como para que la luz no dañe tanto, en algún lugar encontraré los anteojos, pero, hasta que los encuentre, tendré que adaptarme a esta percepción borrosa del mundo que me ha regalado la miopía desde los catorce años.
Consigo descender la escalera aferrándome al barandal, apenas si los pies obedecen las ralentizadas ordenes que intenta imponer mi cabeza, distingo la ahora borrosa figura de Mariano tras uno de los sillones, advierto que sigue vestido con su “toga romana” mientras sostiene una botella de whisky con un brazo que cae aletargado. Espero que este dormido o, al menos, lo suficientemente drogado para no intentar ninguna interacción conmigo. No es nada, pero, sólo quiero encontrar la gabardina para fumar un cigarrillo y hacerme del par de lentes que tengo de repuesto.
- ¿Buscás esto, ah…? – el flácido brazo de Mariano sostiene mis anteojos en el aire
- Sí, gracias… – sólo atino a decir antes de tomarlos para escapar lo más rápido posible de su compañía, sin embargo, él tiene otros planes.
- ¿Sabés? ¿Ah? Estoy cansado de no ser puto, Marcos, me harté de no ser puto.
Con los anteojos puestos encontré la gabardina justo delante de mi cara, reviso sus bolsillos y no tardo en prenderme un cigarrillo, sólo tengo ganas de fumarlo y tratar de ordenar la confusión que me genera la noche anterior, sin embargo, sé que debo contestarle, sé que no puedo evitar contestarle…
- Medio tarde… Sos… Sos, hasta excesivamente, puto.
Esboza una sonrisa que se entremezcla con un eructo o, tal vez, un dejo de hipo.
- No seas… Tu sabés que estoy diciendo – señala antes de de incorporar su gruesa anatomía y tomarme del hombro – Vamos, acompañame arriba así hablamos un poco, que… Bueno, bueno, al final, nos interrumpió mi bienvenida hacia ti… ¿Pero no estuvo tan mal, no?
- Según los escasos fragmentos que recuerdo… ¿Qué le pusiste a la bebida?
Se ríe, hace una mueca antes de darme un fuerte abrazo de su excesiva anatomía para obligar a que lo siga. Vuelvo a remontar la escalera en sentido ahora opuesto y casi arrastrado por un tambaleante Mariano que sólo atina a reírse cada dos o tres pasos que da hasta su habitación, el desorden es el mismo que recuerdo cada vez que he entrado aquí, ropas y papeles diseminados en un completo pero sistemático caos, el calentadorcito y todos los utensilios que él necesita. “El reducto del artista”, deja resbalar en una carcajada y pone dos vasos que rápidamente llena de ginebra.
- Prefiero la “Llave” – le digo.
- Tengo “Bols”, pué’…
- Paso al baño…
- Meta, meta…
Orinar es un acto placentero, pero el primer orín de la mañana tras haber tenido sexo es un goce especial, la calidez del líquido recorriendo el interior de tu miembro, ese ardor que mezcla cuotas exactamente compensadas de dolor y placer que prometen aliviar la erección que ha mantenido el pene desde que has abierto un ojo, todo ello genera un éxtasis difícil de describir en palabras, un acto al que uno se abandona clavando las uñas contra el frío azulejo de la pared, lanzando un suspiro y comprobando la franca imposibilidad de controlar la direccionalidad de ese chorro a presión que sale de tu interior. Respiro profundo, enjuago mis manos casi al tiempo que busco un cigarrillo para prender, cuando finalmente salgo del baño veo a Mariano sentado frente a una carpeta.
- Toma – me dice mientras vacía el vaso de ginebra
La tomo con algún desgano, pero un dejo de curiosidad me deja leer el título: “La perversión y la leche”.
- ¿Otra versión?
- No, no. Esta es la definitiva, ya está, no la toco más, Marcos, así queda.
- ¿La publicas?
- Es mi obra póstuma, primero tendría que… ¿Morirme?
- Dejate de romper los huevos, ya la tenés, está buena, publicala y dejate de joder…
- Vos te crees que un profesor de la Universidad Católica puede publicar esto en Salta.
- ¿Por?
- Es la poética de un puto, Marcos, no puedo, cuando me muera… Cuando me muera. Ahí están todas las autorizaciones, cesiones de derecho y… En fin, todo eso, pué’…
Juego un poco con la carpeta pasándola de una mano a otra hasta que me siento en la silla que tiene junto al escritorio.
- ¿Póstuma? No soy muy, muy que digamos, el indicado para sobrevivir a alguien…
- ¿Por qué te suicidaste en una novela?
- Ja, ja… No… Porque soy alcohólico, meto la verga en cualquier concha sin forro, y… ¿En términos generales? Tengo una coherencia autodestructiva francamente admirable.
Se sirve más ginebra y hace un fondo blanco.
- ¿Y…? Tienes más posibilidades de sobrevida que yo… En todo caso, dale una copia a Víctor o a alguien más sano que nosotros, pué’…
- Sí, como vos quieras… Pero, publicala y dejate de romper los huevos.
- Hasta el día que muera, voy a publicar sólo cuentos infantiles, dar clases y conservar mi frustrante puesto en Cultura de la provincia, después… Después… Me voy a encargar que todos se enteren que escribía cuentos infantiles porque me gustan de menos de quince, pero… Después, pué’, después.
Le respondo con una mueca, sabe que desapruebo sus intentos por provocarme una reacción intempestiva, y que, sinceramente, los tomo por lo que son, sólo provocaciones vacías.
- No, puedo ser como tú, Marcos… Ustedes los porteños…
- No soy porteño…
- Pue’… Cualquier cosa debajo de Córdoba, para nosotros son porteños, pué’…
- Si vos decís…
- Como quieras… Cambiemos de tema. ¿Por qué has venido a Salta?
- Te dije cuando te llame.
- ¿Qué estás escribiendo una novela? ¿Es lo que me has enviado al mail?
- Sí, sí… Eso
- No tiene ni pies ni cabeza, pero… Está bueno, pué’… Está bueno, es la primera vez que tengo la sensación que estás escribiendo y no “trabajando” para Alejandro, es tu primera novela después de publicar tres basuras de excelente confección técnica.
Una mueca y un leve encogimiento de hombros son mi única respuesta.
- ¿Pero que te ha traído a Salta?
- Es la continuación de “La Noche”, bah… No es la continuación, el protagonista está muerto y… No sé, no sé, si es una continuidad, una explicación… ¿Una precuela? Todavía no lo sé.
- Bien, pué’… Cuando lo sepas vas a tener una novela y no… ¿Un producto? ¿Entonces, viniste para saber que estás escribiendo?
- Fue acá que empecé a escribir “La Noche”, es lógico que vuelva a retomar la historia dónde fue que… Se quedo.
- ¿Y cuánto vas a tardar en hacer lo que tienes que hacer?
Nuevamente encojo mis hombros y lanzo una mueca, hay unos segundos de silencio, aprieto el cigarrillo entre mis labios.
- ¿A quién te cogiste anoche?
- Una piba, de veinte, veinte y algo… Debe ser alumna tuya, decime vos el nombre porque no se lo pregunte.
- ¿A quién te cogiste anoche?
- Ya te lo dije…
Aprieto aún con más fuerza el cigarrillo y aspiro lo más profundo que puedo, retengo el humo todo lo que puedo antes de lanzarlo.
- Sí. Quizás sí. Un dejo… Me… Sí, me hizo acordar a ella, un dejo, un aire… ¿Las drogas?
- Cerralo, cerralo de una vez… Llamala, decile lo que tengas que decir y… ¿Sigues con tu vida?
Nuevamente me quedo en silencio.
- No puedo, no… No puedo.
- ¿La amaste?
Por primera vez en quince años la repuesta no sale automáticamente, por primera vez hay un instante de duda, una fracción de tiempo en que pierdo la vista y las palabras no dan el resultado acostumbrado.
- ¿No? No, no… ¡No!
Mariano sonríe con cierta maleficencia que no atino a interpretar.
- No… Es que encontré algo… No. Con ella, pude dejar… Dejar que una parte de mí fluyera y… Cuando… Cuando se fue, no… No pude encontrar más esa parte, no… No pude, no encontré el estímulo que catalizara eso y… Me falta, aprendí… Con ella, aprendí a estar completo y… Nunca más lo estuve y… ¿Qué se yo? Antes… Esa parte estaba, pero… Nunca había surgido y… Ahora sé que está y… Estoy harto de ser tan sólo la mitad de mí, pero… Cuando fui yo por completo, se asusto, creo que se asusto, que… Una parte mía fue su fantasía y la otra su frustración… Y… ¿Yo entero? Me terminé tornando su pesadilla y… Esa parte que descubrí… Nunca más se atrevió a salir, se horrorizo y… Se escondió para siempre, nunca más estuvo conmigo, ne… Necesito saber, necesito saber si la perdí aquí o… O está oculta en algún lugar, esperando su oportunidad, pero… Pero no la amé.
- Llamala.
- No… No sé…
Hundo mi mirada en el piso. Mariano, toma una banda elástica, de esas de goma que usan cuando te extraen sangre y se la ata en la pantorrilla tras encender el calentadorcito, no tengo ganas de observar lo que sigue…
- No tengo más venas en los brazos… ¿Sabías…?
- No… No, sabía…
- Llevate la carpeta, Sara te abre, después te llamo.
- ¿Sara?
- Sí, la mujer de ayer… La del cráneo demasiado plano.
- Cierto.
Dibuja una sonrisa pícara antes de que lo pierda de vista para remontar el pasillo hasta la escalera, Sara, la mujer del cráneo demasiado plano, está acomodando el desorden que ha dejado mi “bienvenida”, sin mediar palabra deja su labor para dirigirse hacia la puerta, sólo puedo esbozar un “Adiós” ante el indiferente con que cierra la pesada puerta de madera casi sobre mi rostro.

Capítulo 31: Sin mediar palabra

Algo tenía ese trago, paso con demasiada rapidez de la somnolencia a un estado de euforia, algo tenía, no sé que… Mariano ya ha desnudado su torso y enredado sobre sí una sábana que procura imitar la vestimenta de algún antiguo cónsul romano, mueve cansinamente su inmensa humanidad mientras depara una caricia en la barbilla de un joven veinteañero de rasgos aniñados.
- Quizás, tan sólo quizás… Si sólo si… El mórbido recuerdo de la leche materna entre mis dientes… Quizás, tan sólo quizás… Si sólo si… – comienza a declamar
“…Me lleva a la pálida rutina de saborear tu simiente…” Conozco lo que sigue ya de memoria, son las primeras líneas, versos o lo que sea que ha escrito. Debo haber corregido al menos diez versiones de “La perversión y la leche”, dice que será su obra póstuma, el desafío al que no se atreverá en vida.
- Tan bello dormido, tan dulce, tú, mi ángel caído, haces de mí ya no el que miente…– completo antes que Mariano cierra su actuación por sí mismo.
Una mirada repleta de sarcasmo
- Me has robado el protagonismo, amigo mío…
- Lo lamento, mi cónsul – actuó una irreverente reverencia – Pero la belleza, sabe bien usted, no tiene ni puede tener un dueño, ella, la verdadera belleza, esta allí para el disfrute, no puede ni asírsela ni apropiársela, simplemente, porque de asirla o de apropiarla, simplemente, dejaría de ser belleza…
- Verán, mis estimados, ya en la antigua Roma teníamos a estos comunistas molestos – señala ante su improvisado auditorio en medio de una carcajada y una caricia hacia el joven aniñado.
Sonrió irónico y vuelvo al ostracismo de dubitar sobre el contenido de aquel trago, Mariano ahora arremete con un poema de Borges, luego las voces se suceden mientras las ropas se sueltan, más tragos de eso que tiene algo que no sé que es, fragmentos de Machado, Lorca, creo reconocer a Becquer desde un arcón de recuerdos que confuso diviso tras el velo impuesto por un nuevo trago, mi cabeza se extravía, sé hacia donde fluye este río y no sé si deseo dejarme a sus aguas, hasta que desde alguna lejanía escucho: “No tienes un cigarrillo, me dijo… Sí, contesté… ¿Un fósforo?... No: la bala puede encenderlo, le dije…”
- Hikmet – balbuceo desde la profundidad de mi letargo – Hikmet… “Sin encenderlo, se fue… No es difícil que ya esté… acostado largo a largo… en la boca un cigarrillo sin encender todavía… y un agujero en el pecho…”
- “Acción… Signo de multiplicación… Conclusión” – parece contestarme la suave voz femenina que ha invadido mi letargo.
Intento salir de esta somnolencia, retiro y vuelvo a colocar los anteojos, parpadeo hasta que un destallo me deja observar una figura menuda, adivino los rasgos aindiados de esa veinteañera que se aleja sigilosa del grupo, un impulso me arrebata y doy largos y rápidos trancos hasta alcanzarla, tomo con fuerza su brazo y la giro hacia mí, no sé si es bella o, tan sólo… Sí, tan sólo, me atrapa su expectante indefensión, la llevo contra la pared y sin mediar palabra comienzo a besarla con desesperación, mientras adivino el sarcasmo complaciente en la mirada de Mariano, los leves ropajes van cediendo y… Sí, sí… Ya no sé si recuerdo.

domingo, 28 de marzo de 2010

Capítulo 30: La salvación

Mariano bromea sobre la mujer que nos trae la picada y el patero, la cual, visiblemente se ofusca ante ese humor ácido e hiriente, hecho que parece tener el único efecto de incentivarlo aún un poco más.
- ¿Verás?– señala dirigiéndose hacia mí – Qué estas personas tienen rasgos más que perfilados, con sólo una rápida inspección notarás – mientras indisímuladamente apoya su palma sobre la cabeza de la mujer – que su cráneo es sorprendentemente plano, lo cual revela un espacio craneano poco propicio para el desarrollo de la masa encefálica, hecho que a todas luces explica que una raza tan poco brillante como la española haya conseguido resultados tan favorables en la tarea de conquistar a estos salvajes que hemos domesticado para nuestra servidumbre…
- ¿Por qué no te dejás de romper los huevos? Discúlpelo, solamente intenta provocarla. No es cierto lo que dice, nada más tiene una cierta obsesión con empujar las personas hacia su límite más extremo – digo mientras intento ayudar a la mujer con la bandeja, pero ella, sin embargo, me aparta de mal modo.
- Deje… Deje…
Apenas si logro reponerme de cierta estupefacción cuando la mujer se aleja del estar hacia las dependencias del chalet.
- ¿Viste? Tomá tu primera lección sobre el chuto salteño…
- Pero…
- Sí, Marcos, intentaste ponerte de su lado, pero estabas equivocado… Llevo casi cincuenta años tratando que un chuto me rompa la cara y… No, simplemente sonríen, son casi quinientos años que le enseñan que son una suerte de porquería subhumana, han terminado por creérselo, Marcos.
- No…
- Deja el rollo y disfruta del queso de cabra, estas delicias no las tenés por allá…
Me sirvo un vaso de patero y tomo un par de trozos de queso, pero no logro olvidar la molestia de la mujer cuando intente de cierto modo, muy a mi cierto modo, ser gentil.
- Le molestaba lo que le decías
- ¿Te acordás la primera vez que viniste a Salta?
- No era la primera…
- Ah, ah… Sí, como quieras, la primera desde que te conozco.
- Sí.
- Me contaste el asunto ese y… Por lo menos llevás diez años dándole vueltas y no entendiste nada aún.
- ¿Qué tengo que entender?
- Complejo colectivo de inferioridad, en esta ciudad, simplemente, es imposible que se intente, siquiera, ser… Todo lo ajeno es una amenaza, un silencioso resquemor que avanza sobre todos nosotros para destruir este idilio fantasioso en que vivimos, Marcos, acá no vas a tener otra alternativa que el fracaso… Es que nos convencieron que somos inferiores y, tan sólo, no podemos enfrentarnos a algo que sea distinto, que conmueve aunque mínimamente los cimientos de nuestro imaginario, es… Una sociedad de conquistados, Marcos, un poco de Niestzche para principiantes y lo entenderías.
- No…
- Sí, Marcos, sí. Tu problema es que en una persona quisiste cambiar quinientos años de historia, y, eso, eso es una utopía muy pelotuda, Marcos, muy típico de vos… Lo único, digamos que rescatable, es la literatura que te genera, si no tuvieras eso terminarías siendo un boludo baleado en una escuelita boliviana o en el medio del monte tucumano…
- Yo…
- ¿Todavía seguís renegando? ¿Le seguís dando vueltas al mismo círculo? A ver… ¿Te preguntás por qué dejaste de preocuparte por el resto de la humanidad, por qué dejaste de intentar cambiar el mundo, por qué te asalta esta indiferencia constante…? Hace diez años que te conozco y diez años que tenés el mismo discursito, Marcos, y… Superalo, nada más, superalo.
Prendo un cigarrillo apresurado y apuro otro trago de patero mientras me dejo caer sobre el sofá.
- No quiero… No quiero, Mariano, no quiero.
- Te desolaron hace quince años, Marcos, y, eso, solamente eso, fue tu salvación, vas a tener que…
El timbre interrumpe la frase que nunca terminará, por la puerta ingresa un grupo de hombres y mujeres jóvenes que rápidamente desinteresan a Mariano de mi salvación.

Capítulo 29: Sólo porque vos lo decís

El remisse nos espera en la Balcarce, Mariano sube adelante y yo detrás, saludo con la misma sequedad que exhibimos en la recepción del hostal.
- ¿Tenés algún rictus facial? – pregunta Mariano mientras desliza su palma por la nuca del conductor – Estamos en confianza, Marcos. ¿Qué te trajo hasta mierda de ciudad?
Me limito a hacer una mueca y perder la vista en un mujer que reniega con un chico de seis o siete años en la vereda opuesta.
- ¿Misterioso? Bueno, bueno… Llevanos a casa, Clau…
Cansinamente el auto remonta las calles en busca de la Avenida Belgrano mientras Mariano comienza a relatar sus “hazañas” y algo sobre la insaciable perversidad sexual de un “hermoso mancebo” alumno suyo en la Universidad Católica. El conductor no parece siquiera inmutarse, asumo que será uno de los tantos “chongos chutos” que Mariano colecciona a pura fuerza de billetes generosamente desperdiciados.
- ¿Tres Cerritos sigue siendo la misma cagada que siempre? – sólo atino a preguntar cuando el remisse abandona Reyes Católicos para tomar Los Molles.
- Y un poco más, Marcos, un poco más…
- Te pusiste a pensar que quizás te falte encontrar un amor, algo que realmente puedas valorar en la vida.
- ¿Ah…? ¿Misterioso y romántico? ¿Estás bien, Marcos?
- Sí… No, no… En fin, dejá, son boludeces… ¿Viste? Estoy en “trance escribidor”, nada más…
Hay un instante de silencio, Mariano, acaricia la nuca del chofer por enésima vez…
- ¿Sabés…?
- ¿Qué?
- Sí, me enamoré, alguna vez me enamoré…
- ¿Y…?
- Nada… Era el primer chongo que me cojió, después entendí que estaba enamorado de lo que sentía cuando me la ponía… Nada más, nada más, Marcos.
- ¿Qué tiene que ver el chancho con la velocidad?
- Qué el chancho no puede correr tan rápido. Dejate de joder y superalo… ¿Estamos o te recomiendo un terapeuta amigo?
- Si vos lo decís…
El señorial chalet de Mariano aparece ante mis ojos. ¿Superarlo? ¿Superar qué? Si vos lo decís, sólo porque vos lo decís.

Capítulo 28: Peores cosas hay...

Un baño calma ansias y cansancio, año tras año parece que el calor salteño se va tornando un poco más húmedo, quizás este diciembre sea un poco más inclemente, en una rápida conversación, el recepcionista del hostal me ha confiado que no recuerda un verano tan húmedo desde hace diez o quince años, y, efectivamente es el mismo sopor inclemente que recuerdo de aquella vez. Ella siempre se quejaba del calor rosarino, permanentemente repetía las bondades de este clima y, apenas baje del ómnibus, me había asaltado esta agobiante humedad…. “Una de sus tantas mentiras”, pensé hace quince años, hoy, no sé si eran mentiras o quizás exageraciones, mistificaciones que sólo parecían tender a negarme, a reducirme a una fantasía inviable… Si es así… ¿Por qué? ¿Por qué estoy acá como hace quince años…? ¿Por qué me falta…?
“Me falta” le dije al Chapa y tal vez sea eso, necesito recuperar algo mío que quedo esperandome en aquella esquina y… ¿Sencillamente? Creo que ya es hora de recuperar no sé bien qué, pero se que es algo que no está conmigo desde hace quince años.
Dos golpes leves en la puerta interrumpen mis disquisiciones. No respondo con un grito, si algo aprendí de ella es que en Salta no se grita, sólo se susurra y se calla. Me pongo apresurado el pantalón y me cubro el torso poniéndome la toalla sobre los hombros antes de abrir la puerta para encontrar al recepcionista.
- Señor Sarría, un hombre pregunta por usted …
- ¿Se puede pasar la llamada?
- No, está en la recepción, señor Sarría.
- Bueno, digale que me espere un momentito…
Apresuradamente termino de secarme un poco el pelo y me visto con lo primero que encuentro antes de salir al pasillo que me lleva hasta la recepción del hostal. Aunque intento sorprenderme de la visita, sé que la llamada telefónica de esta mañana tiene relación directa con ella, con lo cual, la obesa humanidad de Mariano no logra sobresaltarme cuando distingo su figura junto al mostrador
- Gor…
- Marcos… ¿Ha tenido buen viaje?– se apresura a interrumpir antes de extender su mano para un apretón excesivamente formal.
- Algo cansador, Lerma, algo cansador, pero… En fin, lo vale para cambiar de aire.
- ¿Qué lo trae a Salta, Marcos?
- Estoy trabajando en una novela y…
- Deje, deje. Permitame hacerle de guía por nuestra ciudad y me cuenta compartiendo una empanadas y un buen tinto de Cafayate – gira hacia el recepcionista – ¿O no es la mejor recepción que podemos dar a un visitante tan ilustre? ¿Usted sabe quién es el señor?
El recepcionista apenas emite un par de interjecciones que intentan disimular su más que evidente ignorancia sobre los supuestos “galardones” que porta mi persona.
- Este señor, querido… – Mariano extiende su diestra en el aire como buscando asir algún objeto imperceptible.
- Luciano, señor, Luciano…
- Querido Luciano, este señor es Marcos Sarría y, en confidencia, dejeme que le diga que si no nos termina trayendo un Nobel de Literatura me cambió el apellido por Pérez.
El recepcionista se ríe tan silenciosamente como se hace todo en Salta.
- Qué ocurrencia, señor Lerma, qué ocurrencia…
Rapidamente entiendo la excesiva seriedad de Mariano, casi con la misma celeridad con que adivino su futura reacción ante la respuesta del recepcionista.
- Si no me cree, le dejo mi tarjeta, llameme y lo invito a una de mis reuniones literarias para que aprecie el valor de esta pluma para las letras de la Patria…
“¿Reuniones literarias…? Las pelotas”, repito hacia mis adentros antes de empujar disimuladamente a Mariano hacia la puerta de calle. Hay un pequeñísimo saguán donde él pueda tener un breve instante de transmutación.
- ¿Reuniones literarias, Mariano?
- Sí, sobre el Marqués de Sade… Lindo el chonguito, lindo.
- Gordo puto.
- Peores cosas hay…

Capítulo 27: Residencial "Viña del Mar"

Recuerdo haberle confesado sin reparos: “Nada me importa sin vos...” Y era verdad, cuanta verdad era, nada más me importó, o casi nada, sólo mi propia y peligrosa obstinación de mantenerme adherido a las fronteras de esta cosa que llaman vida.
Quince años con el alma vacía, o, no, mejor llena de nada, porque uno descubre que la nada es algo bien palpable, tan aprensivamente palpable... Así, así desde que caminé estas calles de idéntica manera. Sin rumbo y sin esperanzas, buscando algo que había empeñado, algo que había entregado sin miramientos. Nunca más amé con el corazón desbocado, ni tan siquiera existía algo que se desbocase.
Subo por Avenida San Martín, hoy no me preocupa encontrar alojamiento o buscar una guardería para mis bolsos, viajo sin mucho equipaje y puedo costearme la habitación que se me de la gana, sin embargo, mis pies se arrastran con el mismo abatimiento, el mismo pesar en el estómago y el corazón tan lleno de nada como lo ha estado desde la última vez que desande estos rumbos.
Imagino volar con una hoja, empujado por la leve brisa que golpea a mis espaldas, una lánguida y pálida hoja caída en las postrimerías del otoño, una hoja que se mantiene en movimiento aunque esté la vida le haya abandonado, un cadáver andando sin rumbo...
“¿Estuve anclado aquí todo este tiempo?”, susurro entredientes, una muchacha parece percibir el siseo y lanza una mirada, bamboleando entre el recelo y la compasión. Siento inmediatos deseos de arrojarme a sus pies, de que me arrulle en su regazo... Sólo ahora, en este instante, comprendo que mi pregunta solamente puede contestarse con una afirmación... He estado esperándome aquí.
Todo tan igual, todo tan diferente.
Los pies, casi sin consultarme, rumbean por Alberdi hacia Mendoza, allí, pasando mitad de cuadra, sigue tan pálido y descascarado como en mis recuerdos el cartelito. “Residencial Viña del Mar”, un triste hotelucho de seis pesos la hora, uno de esos lugares donde las miserias más bajas y las pasiones más elevadas se tornan palpables, se encarnan y regurgitan su táctil irreverencia en una ciudad inmunizada contra el exceso.
Todo tan igual, todo tan diferente... Y el recuerdo se torna tan palpable como sucediese en el mismo instante en que lo reencuentro.
“Quince minutos de espera... Con este número te llaman”. “¿Veinticuatro...?, ¿Veinticinco...?, ¿Veintiséis...?”, mi mano agita el taloncito verde con números en rojo terroso. “Habitación 17”. “Mañana lo juego a la quiniela...”, digo sin pensarlo. “El diecisiete me persigue desde que he llegado”, sigo sin interponer cerebro a esta boca que suelta las palabras. Tendernos, abrazarnos, conscientes o por pura desesperanza, pura soledad compartida y coincidente. Los cuerpos se desnudan, se acarician, se besan y se confunden. “Sabés que te amo”, dejo desangrar entre mis labios... Su llanto, sus brazos que me toman con toda la fuerza que podrían ejercer...
La apreté contra mi pecho y así nos quedamos el tiempo restante, unidos en una conjunción tan estéril como desesperada...
Nos vestimos y la acompañe hasta San Martín, sin hablarnos, sin tocarnos, ni mirarnos. Tomó un taxi y ni tan siquiera nos saludamos, jamás volví a verla...
Sí, he estado esperándome justo en aquella esquina.

Capítulo 26: El inexorable camino de su extinción

Como hace quince años, la Veloz sigue deteniéndose en Metán para ofrecernos un suculento desayuno a nuestra cuenta, es decir, dependerá del bolsillo del viajero poder hacerse un suculento desayuno compuesto por café con leche, medialunas o bizcochos o lo que se antoje, o, en su caso, engañar el estómago mascando coca, o, finalmente, si no se es norteño, deambular buscando dónde devorar una viandita que se ha preparado para el largo viaje o, simplemente, tratando de acompasar los crujidos en el vientre con el ruido de los pasos que frenéticamente se dan en torno a la pequeña Terminal de Metán, mi caso, a diferencia de hace quince años, es de los primeros y me predispongo a desayunar mientras intento que la laptop se conecte a Internet en un lugar donde la velocidad no es especialmente buena.
Googleo “Metán” mientras espero que se termine de abrir mi correo electrónico, no dejo de sorprenderme que la única solución que uno cree encontrar al hecho que “Internet está lenta” sea abrir una nueva página que no hará más que multiplicar la ya de por sí exasperante lentitud. Está, a ver los correos. Sí, Alejandro, más Alejandro, de la Editorial, es decir, de Alejandro vía la frígida de Liz, otra vez Alejandro… “¿Abrir o no abrir? Esa es la cuestión…” digo sosteniendo una medialuna a manera de la calavera que Hamlet jamás sostiene en ese diálogo, pero, bueno, como sea, al igual que Hamlet escojo quedarme en la duda y como, cuando se duda se hace nada, termina imponiéndose la solución negativa ante la disquisición sobre la apertura de los correos enviados, así que puedo curiosear tranquilo sobre que datos me otorga el buscador respecto a Metán.
Se llama “San José de Metán”, fundada en 1859 tiene como datos históricos relevantes que en sus cercanías se libró el Combate de Las Piedras en 1812 y que a sólo cinco kilómetros se ubica la localidad donde en 1841 fue pasado a degüello Marco Avellaneda, quizás el único personaje emparentado a la Generación del 37 que revista algún carácter propio del romanticismo que supuestamente inspiraba a ese conjunto de autoestimas hipertrofiadas. Es decir, según parece, nunca nada sucedió en Metán, así que lo yermo del paisaje se condice en plenitud con lo bucólico de una historia que le ha pasado a catorce kilómetros, la distancia que separa Metán con la emblemática Posta de Yatasto, pero bueno, los caprichos del destino hoy otorgan centralidad a esta ignota y deslucida localidad en una historia inconclusa que pareciera aún no tener ni principio.
El escritor sentado frente a su laptop intenta ordenar sus ideas volcadas en múltiples documentos de textos que esbozan fragmentos incoherentes e inconexos, retales de nada que sin embargo parecieran bordear los confines de un hilo conductor. El escritor busca abstraerse en alguna distracción, revisa el correo electrónico, googlea el nombre de esta triste ciudad en pos de una inútil indagación, bebe un sorbo de café con leche y mordisquea una medialuna mientras se da cuenta de lo que ya sabe, intenta esquivar un hecho, un hilo conductor, del cual está visitando las fronteras desde hace un par de semanas, se pregunta porque rehuye de él y, como respuesta, sólo atina a descerrajar un porque no quiere, simplemente no quiere, quizás deba, quizás lo desea, pero no quiere, son tres estamentos distintos de la voluntad.
El deber se impone, se necesita de plena conciencia para realizarlo, es algo que necesariamente tenemos que enfrentar y resulta la reafirmación última de la voluntad, mientras el deseo es la simple compulsión, el ansía en estado puro, un anhelo tan involuntario como un acto reflejo, pero el querer no es ni lo uno ni lo otro, es algo que campea entre ambos, entre un deseo irrefrenable y la contención del deber, es deseo y es deber pero no es ninguno de ambos.
Este escritor se encuentra en ese estadio intermedio. La compulsión del deseo lo ha empujado hasta aquí y sabe que debe enfrentar una realidad que seguramente contraría sus ansías, pero aún no quiere unir esos puntos que irremediablemente deben intersecarse. Un nuevo sorbo de café con leche, un último mordisqueo al último resto de medialuna mientras juguetea con el teléfono celular, busca el número y lo observa, sabe que con tan sólo apretar una tecla se completaría la transición entre ambos estamentos, lo sabe, pero no quiere, lo desea, sabe que debe, pero, simplemente, aún no quiere y… Si no quiere, no entiende porque ha derivado en Metán para otorgarle cierta trascendencia, al menos en su historia individual, a esta tierra cuyos aconteceres parecen haber sido siempre tan chatos y yermos como el lánguido paisaje que la rodea.
El anuncio de partida del ómnibus lo aleja de sus dubitaciones, paga, guarda las cosas y sale hacia la plataforma, respira y da una última ojeada al paisaje, recuerda que hace quince años la lejanía aún le devolvía la inmensidad del monte de espinillo, hoy la tierra es más yerma aún, apenas si en la vera de la ruta puede divisar la aridez de aquel árbol que supo acompañar la cotidianeidad de nuestra historia, detrás de la breve franja de espinillo se expone la futilidad de las tierras desmontadas para el cultivo de la soja que hiere el suelo y destruye su espíritu… Mira nuevamente, decide dar un par de pitadas antes de volver al ómnibus que tarda en partir y quizás, tan sólo quizás, siente cierta relación con el espinillo que ni desea, ni debe, simplemente no quiere aceptar el inexorable camino de su extinción.

domingo, 7 de febrero de 2010

Capítulo 25: Mensaje enviado

¿Cuánto tardaba? ¿Catorce, dieciséis horas…? Mejor me consigo un fibrón porque me voy a tener que dibujar la raya cuando baje… Hubiese tomado el Flecha que es expreso, son un par de horas menos, pero me tendría que haber bancado todo ese tiempo sin fumar, sin estirar un poco las patas y, encima, detesto dormir en los ómnibus. Llegaba alunado y a esa ciudad de mierda… Sí, linda es, es linda, la arquitectura colonial, los cerros rodeándola, sí, como linda es linda, pero esta llena de gente de mierda. Bah… Tampoco es de mierda, es más bien gente hecha mierda. Con razón… ¿No?
¿Avión? No. Me tengo que volver a Buenos Aires o ir a Córdoba, tardo lo mismo. Si hubiese aprendido a manejar, hace de los dieciocho que digo que me voy a poner las pilas y hacer un cursito, no debe ser tan difícil, siempre me la rebusqué con lo mecánico y eso que carezco de la más elemental coordinación muscular… Claro, no es que no pueda mover las extremidades en distintas direcciones de modo coordinado, el problema es hacerlo y mantener el equilibrio, lo bueno de un auto, a diferencia de las bicicletas, es que tiene cuatro ruedas… Sí, podría aprender, estoy medio viejo, pero algunos zorros siempre aprenden nuevas mañas, podría… Pero no lo hice, así que al divino botón, igual, vuelvo de allá y me meto en un curso, siempre quise hacer una novela de viajes, algo así como las de Soriano, sí… ¿Qué mejor? Me subo al auto, cargo la laptop, una carpita como cuando era pibe, algo para cocinar… No mucho, un par de cacerolas, la pava, el mate y una garrafita… Sí, lo voy a hacer, lo voy… ¿Lo voy a hacer? Bueno, la intención es lo que vale.
Tendría que viajar en tren, aunque llegue a Tucumán y tarde doscientas mil horas, es más… Más… ¿Dramático? Sí, dramático, el hombre, el personaje, apostado entre vagones, apurando un trago de la petaca mientras saborea un cigarrillo y deja que su mirada se pierda en la desolación santiagueña… Sí, dale, también voy a querer que de fondo se escuche la voz del Indio Solari mientras canta “Yo voy en trenes, no tengo donde ir… Algo me late y no es mi corazón…” ¿Quiero viajar o filmar una road movie? ¿Por qué no me dejo de boludear…?
¿Por qué debería quedarme acá, cambiar el boleto y volver a Buenos Aires, a escribir cualquier cosa, entregársela a Alejandro y después irme a ver un partido del rojo con la simple insatisfacción del deber cumplido? Sí, por eso, exactamente por eso, porque es lo que tendría que hacer en vez de estar sentado desde hace una hora en este ciber de cuarta tratando de escribir algo a esta puta dirección de correo electrónico. ¿Qué pongo…? A ver… “Hola, tanto tiempo, no sé si te acordás de mí, soy el pelotudo que dejaste en bolas hace quince años sin ninguna explicación, al que no le respondiste más un llamado, un mail, un nada… En fin, te escribía para ver si después de quince años se te pasó el… Digamos… ¿Ataquecito de histeria? Y… Quizás… En una de esas, si se te antoja, podrías explicarme qué puta mierda te pasó, que extraña posesión satánica te agarró o lo qué puta sea… ¿Entendés, pedazo de hija de una mil putas?” No. No, no… Borrar, borrar, borrar….
“Hola. ¿Cómo te va? Tanto tiempo, te escribo porque voy a estar en Salta unos días y quisiera que nos juntemos a tomar un café para charlar y ver que… ¿Qué mierda te picó, pedazo de hija de mil putas?” Tampoco, tampoco… Borrar, borrar…
¿Cómo es qué llego siempre a “pedazo de hija de mil putas”? ¿Por qué es verdad? Sí, digamos que sí, pero no es diplomático, decididamente, no es diplomático. No le escribo nada, cierro el correo, pago, me bajo la petaca de ginebra y duermo como un angelito hasta allá, sencillo… Aprieto la tecla y… ¿Mensaje enviado? ¿Le mandé un mail en blanco? Bien, bien… Ahora va a pensar que voy a caer al mejor estilo “Martes 13”, probablemente dotado de una sierra eléctrica o un machete que es más folklórico. Bien, bien… Sigamos con la parte del plan que incluía vaciarme la petaca y quedar inconsciente porque desmayado es más difícil hacer pelotudeces.

Capítulo 24: Tratado sobre el hartazgo

Como en mil oportunidades me entretengo en el puesto de diarios de San Martín llegando a Ayolas, nunca, en mi ateísmo tozudo sabré cual es la Iglesia de enfrente que da nombre al bar. “Será San algo” pienso con muy poco brillo intelectual mientras diviso la figura de Hija cruzando Ayolas, fuma como un murciélago adicto a la nicotina, así que le hago una seña para indicarle que voy a tomar una de las mesas de la calle, aprovecho la providencial cercanía del mozo para pedirle una cerveza y dos vasos.
- Qué ciudad de mierda. Me tiene harta.
Hace años que la conozco y sistemáticamente siempre ha empezado cada conversación con la misma frase, pero no hay caso, se va “a vivir en cualquier lado menos en Rosario” y siempre está de vuelta. Mientras que uno, que sólo lo sacaban de acá con “las patitas para adelante”, hoy se siente más un casual turista que alguien criado en estas calles.
- ¿No estás un poquito hinchada de odiar Rosario?
- ¿La verdad? No, para nada. ¿Pediste?
- Un porrón, dos vasos…
- Son las once de la mañana…
- ¿Y…?
- Qué te faltaron los “manices”
Puede ser que este veterana, que su voz se haya vuelto aún más carrasposa y que su orgullo, las tetas, según propias declaraciones, ya no estén en el lugar donde se suponía que debían estar, pero no ha perdido ni una pizca de esa corrosión que ambos, de modo más que discutible, llamamos “humor”.
- Así que terminaste en la FM Corazón.
- ¿Terminé…? Hijo de puta, no estoy tan vieja, todavía puedo caer más bajo, alguna FM de cumbia… ¿Evangélica?
- Ja, ja… Te imagino, lo peor de todo, te imagino, hija de puta.
- ¿Y vos en qué andás…?
El mozo con sorprendente rapidez, trae la cerveza…
- Gracias… ¿Y me traería…?
- Hija... ¿No querés una picada pulenta?
- Y…
- Traiga una picadita…
- ¿De…?
- ¿Con todo? Salame, milanga, queso… Copetines… Aceitunas…
- Ah… Una completa
- Sí, eso.
- Pará, Marcos, que eso tarda
- ¿Estás apurada?
- No, que nos vamos a terminar el porrón…
- Tenés razón… Traiga unos maníes ahora y, cuando la tenga lista, me trae la picadita con otra cerveza. ¿Está bien, Hija?
- “Una inminencia usté”, Padre…
- Son años Hija.
El mozo se retira sin entender como un padre tendrá apenas cinco o seis años más que la hija, contando que difícilmente yo sea cura, pero… Lo que no sabe el susodicho, es que mi sacerdocio es de otro tipo.
- ¿En qué ando? Cosechando fracasos…
- Menos mal… Así que vos cosechas fracasos, desde el día que estaba en la Radio y agarré una de esas revistas, tipo Caras, y tenía un título catástrofe: “Marcos Sarría se divorcia”. Negro, como que se cayó un ídolo.
- Que la familia de Clara era muy cheta… No era para mí.
- Linda mina…
- Sí… Modestamente, sí… Hace… Cuatro, cinco días… Le pegue un talquito.
El mozo trae los manís.
- ¿Hija? ¿El mozo como no tiene el don de la oportunidad o me parece a mí?
- Estamos en San Martín y Ayolas. ¿Qué mierda querés…? Agradece que no se sienta al lado para escuchar mejor…
- Tenés razón… Je. Pero… No, hablando en serio, ahora estoy medio, medio… Me están apretando de la Editorial por una novela, se vence el contrato y no escribí un carajo, estoy… Enquilombadito.
- Si sabés que vas a mandar cualquier verdura y decir que es una novela…
- Me conocés… Y lo peor que se vende.
- Sí, la gente lee cualquier cosa…
- ¿Cuatro Best Sellers? Lee cualquiera.
La conversación parte hacia los lugares comunes de recordar algunas anécdotas para después ponerse al día sobre qué ha sido de la vida de alguien que no sólo hacia mucho que no veías, sino que sospechabas que ya no iba a cruzarse más con tu vida. En el momento que alguno de los dos se dispone a relatar algo relativamente íntimo, el señor mozo, para variar, cae con la picada no tan completa y no tan sabrosa. Pero… En fin, hemos ingerido cosas peores y lo importante es agregar algo sólido a la cerveza.
- Y… Cuando me separo, viene mi suegro… ¿Sabés quién es?
- Sí… Lindo nene.
- Un flor de hijo de puta, pero… Me llevo bien, me quiere… En fin, viene, yo me había ido del departamento… San Telmo… ¿Eh…? Mirá que vivía como un croto, laburaba de corrector en la editorial, se ve que… ¿Viste…? Como que a Clara le había pegado de… De nena rebelde. Se casó con el artista zurdo, ella laburaba de traductora, ahí no había sacado la tercera novela… Con un adelanto había comprado el departamento… Sencillo, de clase media para abajo, el de Avellaneda ya lo tenía, me había metido en un crédito. Bueno, y, me separe, pianto para una pensión hasta ver que nos dividíamos y… La cosa había quedado para el orto, después… Después mejoró, se casó de vuelta y parece que el tipo se la coge mal y… ¿Tenía añoranza de mi pija? Bueno. Estoy en eso y cae mi suegro, que patatín, que patatán y me dice que vaya a su casa hasta que me acomode, que él me estimaba mucho porque le demostré que no había estado con su hija por el dinero y… Bueno, estuve como seis meses viviendo ahí… Barrio privado a todo culo, mal… Y me volví a Avellaneda…
- ¿Te hizo la gamba a vos y no a la hija?
- Sí… Es raro, es raro… Pero… No termina ahí. Me vuelvo a Avellaneda, un depto de mierda, lo único bueno es que… ¿Esta cerca de la cancha? Otra cosa, ni a palos, tiene humedad, da sobre la Mitre y siempre hay quilombo… Bueno. La cuestión, cae el viejo y me dice… Que el quería ayudarme a que “garantizara” mi futuro y… Bueno. Me puso a mi nombre una guasada de acciones, una quinta en Canelones y, agarrate, cien hectáreas en Azul.
- No tiene un hijo.
- No, querida, hija única… Hacete tortilla…Digamos que es fiestera mi ex…
- Me da asquito el gusto a bacalao… Pero… ¿O sea que estás salvado?
- No… ¿Salvado? Calculá que no tengo la más puta de idea de campo, ni de acciones y que a Uruguay… ¿Para qué mierda quiero ir a Uruguay? Pero no laburo. Deje el laburo ahí nomás, chau, puse administradores, que me recagan, pero estoy tranquilo. La quinta la alquilo para turismo, en el campo vino un tipo que quería poner un Spa de no sé que mierda y él hizo toda la inversión esa y vamos mita y mita… De las acciones se encarga mi suegro, el sabe, yo voto lo que el diga… Un día de estos voy en cana. Pero, bueno, estoy bien… Encima cuando saqué la tercera fue Best Seller a las dos semanas, una guasada, no tenés idea el contrato que me firmaron los gallegos.
- Hijo de puta… ¿Fracasos?
- Pero no soy feliz, Hija.
- Te conozco… Debes estar enfiestado todo el tiempo para olvidar las penas.
- ¿Ubicás la UBA? ¿Filosofía y Letras?
- Sí…
- Tengo una estimación que me garché entre el sesenta y setenta por ciento de las minas que han puesto un pie ahí en los últimos ocho años. En ese sentido… Mi vida es buena.
- Y yo siempre con los hippies mugrientos y drogadictos.
- ¿No te casaste? ¿Nada…?
- No te digo que siempre terminó como hippies mugrientos y drogadictos. Me hinchan los ovarios y los mandó a la puta que los remil parió.
- Te tengo una mala noticia.
- ¿Cuál…?
- No es que terminás con… Te gustan los hippies mugrientos y drogadictos, te los buscas solita. Siempre te gustaron hippies mugrientos y drogadictos. ¡A tu vieja le gustaban los hippies mugrientos y drogadictos! Es como una desviación de tu familia. ¿Entendés?
- Tenés razón, como tener razón, tenés razón.
- ¿Pedimos otra?
Una repetición incesante de “pedimos otra” nos lleva hasta las cuatro de la tarde cuando de común acuerdo decidimos compartir un taxi para depositar nuestras conspicuas modorras que mezclan una ingesta desmesurada de cerveza con el incesante calor rosarino de diciembre.
- Pero, boluda, mandame un curriculum y veo que se puede hacer… Buenos Aires es la misma mierda, pero…
- Es Buenos Aires.
- ¿Sabés…? Nunca te tiré los perros.
- Si lo estás pensando te voy a mandar a la reputa que te parió.
- No, no te preocupes, es que a la mayoría de las mujeres de más o menos mi edad con las que me he emborrachado… Sí, sí… A todas les tiré los perros. No sé si es para que te sientes privilegiada u ofendida…
- A salvo, digamos que me siento a salvo…
- Otra cosa… ¿Vos tenés contacto con…?
- ¡¿Con…?!
- Eh… Con… En fin… Con ella.
- ¿Ella ella?
- Sí.
- ¿Cuánto hace?
- Casi quince años
- ¿Y la seguís?
- Es que… Cómo que falto un cierre… Tengo intriga. ¿Qué le pasó? ¿Por qué? ¿Qué mierda hizo de su vida?
- Nada muy excitante, tampoco. Está en Salta.
- Entonces… ¿Tenés contacto?
- Te puedo dar el mail, es el mismo de siempre, pero… ¿Viste? ¿No…? No es de abrirlo mucho y… No tengo la más puta idea si te va a contestar… Vos viste como es.
- Sí… Sí.
- Tengo un teléfono, hace un par de años viajé a Salta, siempre me gusto viajar y… Vive en la casa de los viejos, tengo el teléfono.
- ¿Tenés…?
- ¿No estás pensando mandarte ninguna cagada? ¿No…?
Un taxi aparece con un preciso sentido de la oportunidad, mientras subimos le pregunto:
- Y al final… ¿Conociste Ushuaia?
- Sí. Viví.
- Y…
- Es una porquería.

Capítulo 23: El eterno retorno

El remisse me deja en la puerta del Hotel Oviedo, nos prometimos hacer un asado con Tincho para cuando vuelva a Rosario y pueda arreglar con el blondo, sabe que al Tripa le tengo prometida una bruta paliza desde hace diecisiete años, así que no es una combinación muy conveniente. Quizás, tan sólo quizás, sea que algunas cosas, simplemente, hay que enfrentarlas, decirse y enfrentarlas de una vez por todas. Tan sólo eso… ¿Cómo si fuese tan fácil?
El digamos que recepcionista se mantiene tan impertérrito como siempre, ni siquiera lo conmueve el poco particular hecho que alguna vez duerma en la habitación.
¿La extraño? No, me falta, que es distinto a extrañar, me falta, es una ausencia, sólo una puta indefinición, una indefinición que me tiene atado desde hace quince años. ¿Tendré que dar tantas vueltas para aceptarlo? Simplemente estoy atado a un punto X al que retorno permanentemente, a esa misma esquina dónde partió el taxi y me quede esperando a mañana saber de ella, hace quince años que estoy en el mismo puto lugar esperando a que llegue ese mañana y… No llega, solamente, no llega.
¿Será posible forzar un amanecer? Tan sólo arrancar la luna del cielo y subir a él un sol prístino e inclemente, que tan sólo sea mañana y no esta puta noche eterna o… esta puta noche a la que retorno eternamente.
Recuerdo el celular, nunca le envié el mensaje, con probar…
- ¿Cómo que quién soy…? Hija… ¿Qué hacés…? ¿Podés hacerte una cervecita mañana…? ¿A qué hora…? Dale… Ahí… ¿El bar de la Capilla? Sí, sí, lo conozco, me sorprende que siga abierto. Nos vemos, mañana… Agendá el número… Un beso.
Tan sólo arrancar la luna del cielo y subir a él un sol prístino e inclemente, que tan sólo sea mañana y no esta puta noche eterna.

Capítulo 22: Ciertas sensibilidades

- ¿Por qué nos peleamos, Marcos?
Apuro el cigarrillo, dejo que el humo invada mis pulmones y retengo el aire a medida que intento poner orden a las letras que se apuran por responder.
- No nos peleamos, simplemente dejamos de hablar…
- ¿Por…?
- ¿De mi parte…? Sos mi hermano, nunca quise forzar una herida, simplemente… Acepte una distancia, una pausa hasta… Hasta que fuese necesario – dejo que el humo juguetee en mi paladar antes de exhalarlo - ¿De vos…? No sé… Ni me interesa, hace tiempo que deje de preguntármelo, eso si es que alguna vez me lo pregunté… Supongo que hay cosas que me importan más que la curiosidad.
Una bocanada de humo escapa hasta diluirse en el aire fresco del atardecer.
- ¿Sabés, Chapa…? Un punto fundamental de nuestra literatura es el eterno retorno, el permanente regreso a un punto X, determinado e imposibilitante… Quizás sea más que un cliché de nuestra literatura, quizás hable de todos nosotros, del país, de todo… Cómo si fuésemos un pistón que avanza hasta determinado punto para que luego el retén lo regrese a su posición original. Quizás… Eso nos describa, año tras año, generación tras generación, un pistón atado eternamente a un mismo e inevitable recorrido.
- ¿Y…?
- No sé, habrá que aceptar la fatalidad o… Romper el retén, quebrarlo, dejando que el pistón quede loco, sin guía y sin camino, quizás…
- ¿En vos también…?
Quizás me haya sorprendido desatento, pero no puedo recuperar el hilo a que refiere su pregunta.
- Lo del eterno retorno ¿Vos también escribís sobre eso?
- No… – ya no es desatención, es sincera ignorancia – No sé, no creo. En realidad, ni tan siquiera sé qué escribo, sólo se ha producido, aparece impreso y no tengo la menor idea de cómo ha llegado hasta ahí, hasta esa página… Mi vida, lo que escupo al papel no es más que un desconocimiento eterno, una excusa, una impostación, un errar inevitable… No, Chapa, no… No escribo sobre el pistón, siento que lo soy…
- ¿Y….? ¿Yo…? ¿Entraría en eso?
- ….
- Con qué sos el pistón… Con el eterno retorno y… Toda la verga esa.
Calló un segundo, quizás, sencillamente, no tenga nada que decir o, tal vez, no tenga ganas de decir nada.
- ¿Ves…? Ese. Ese es el problema con vos…
Quizás haga años que no nos vemos pero aún conozco sus inflexiones de voz, sus gestos y ademanes, en ocasiones, el silencio se hace la mejor opción.
- Siempre te viste como el puto ombligo del mundo, todo… Todo giraba alrededor tuyo y… No sé.
- ¿Y quién es el ombligo de tu mundo? Dejame el derecho a que mí epicentro sea yo… Mi único problema es que nunca mentí al respecto, ni traté de ocultarlo. No jodas… Ni vos ni yo somos ni más ni menos miserables uno que el otro.
Rebufa, retorna la cabeza hacia sus rodillas y masculla un poco, quizás, sea una forma de darme algún grado de razón.
- Pero… ¿Qué querés? No… No entiendo eso, Marcos, no lo entiendo.
- No sé… ¿Verte? ¿Qué se yo?
- Y… Pretendés que no… Que no pasaron diecisiete años. Nos distanciamos, nos acercamos y… ¿Seguimos en el mismo lugar? ¿Cómo si nada?
- No.
Hace diez minutos compartíamos una picada, hablando de bueyes perdidos y anécdotas inocuas, parecía… Hasta ví como nos observaba su mujer desde la cocina, con una cierta complacencia de que dos necios hubiesen perdido de improviso su necedad, pero… Un vacío de diecisiete años es demasiado vacío y no se obran milagros para sanar la necedad de los necios.
- Tenés razón… Quizás… Quisiera que estos años, simplemente, desaparecieran, pero… No, las cosas no son así.
- Y ahora querés recuperar el tiempo perdido…
- No seas… Me conocés… Lo que se perdió se perdió, no tengo más ganas de seguir perdiendo, nada más…
- Claro… Cómo vos no tenés más ganas…
El tono se vuelve desafiante, hiriente, debo elegir las palabras.
- ¿Y vos querés perder otros diecisiete años?
Su cuerpo lanzado contra la mesa retrocede unos centímetros, rebufa un poco, mueve la mandíbula hacia un lado, hacia otro, hasta que tiene una respuesta.
- No… No. Te quiero, hijo de puta o… Quiero a ese que conocí, pero no sé… No sé si sos, ya no lo sé.
“Yo sigo siendo el mismo” pienso en decir, pero…. No es verdad, sencillamente, no es verdad.
- Cambié… Cambié mucho, no… No sé si queda algo de lo que conociste, no… No sé, me dijiste… Me dijiste que yo me veía como el ombligo del mundo y… Ya no es cierto, simple… ¿Sencillamente? Deje de ser mi centro y… No sé, en algún momento me extravié, me perdí a mi mismo y… No sé, no sé si “a ese” que conociste, si “a ese” aún está.
Se calla el tiempo suficiente para sacarme otro cigarrillo.
- ¿La extrañas?
- A…
- No te hagas el boludo… A la piba, fue con la única que… Estuviste en serio.
- No… No la extraño, me falta que es muy distinto, simplemente, me falta.
- ¿Y querés que te de algún consejo mágico?
Otra vez tiene un dejo de ironía brutal y desalmada.
- No puedo. ¿Qué te voy a decir…? Hace diecisiete años… Puede ser. ¿Ahora?
- No… Tenés razón. No podés, ya no… Ya no soy el mismo.
- ¿Sabés…?
- ¿Qué…?
- Ahí… En el fondo, en el mismo fondo no sos un hijo de puta, en ese mismo lugar, está el mismo Marcos de siempre. Ahí estás….
- ¿Y…?
- Qué te quiero.
Una sonrisa, otra, cada uno toma un vaso, apura un trago y gira rápidamente la cabeza hacia el costado opuesto. Ciertas sensibilidades son así, no conviene buscarle más vueltas ni interpretarlas, simplemente son, en un fondo profundo de sí mismos, simplemente, están.

Capítulo 21: El Chapa

Decir que el aire podría cortarse con el filo tan sólo de una hoja de papel me resulta un lugar común, pero, en ocasiones, los lugares comunes son ineludibles. Si no fuese que hubiese mediado el efecto sorpresa de mi llegada y que el destino nos haya interpuesto a su mujer y a su hijo, que no entiende por qué su padre se mantiene tan callado, lo más probable es que su primera reacción hubiese sido lanzarme una furibunda puteada para luego proceder a darnos la soberana paliza que mutuamente nos debemos desde hace unos cuantos años… No vamos a decir que tal escenario me dejaría en el mejor lugar, pero, él, tanto como yo, sabe que si, algún día decidimos resolver ese pequeño temita, va a tener que matarme o, al menos, dejarme total y absolutamente inconsciente, casi al borde de un coma profundo, pues, conociéndonos hasta más de lo necesario, estamos perfectamente persuadidos que en el rubro de ser tarados y un tanto tercos, tenemos una suerte de empate técnico.
- Andrés, nosotros vamos a dormir una siesta. ¿Eh…?
Lo único que falta a la acotación de su esposa es algo así: “Los dejamos solos para ver si resuelven lo que sea que tienen que resolver…” Si digo que es una obviedad faltaría a la verdad, pues si se nos conoce bien a ambos, se sabría que podríamos quedarnos en estas mismas posiciones durante tres o cuatro meses sin emitir palabra.
- ¿Me invitás a sentarnos afuera…?
- Dale…
- Llevo, el tinto… ¿Eh…?
- Dale…
Cuándo le está dando vueltas a un asunto no suele emitir más de dos sílabas juntas y tiende a sacar la mandíbula, apretando los dientes y lanzando rápidas miradas de reojo. En eso, no cambió nada, tanto como yo no cambié en el arte de hacerme el boludo y devolverle las relojeadas con mi mejor expresión de “dejate de romper los huevos”. Parece que en mucho no cambiamos, y, si, por fin, vamos a resolver “esa cosa que tenemos que resolver” como desea la mitad de nuestros conocidos, mientras la otra mitad, que por distintas razones nos tiene montado en un testículo u ovario a alguno de los dos, siempre ha dicho: “Mejor que te diste cuenta que ESE era un hijo de puta”. En fin, lo que sea “esa cosa que tenemos que resolver”, algún día íbamos a tener que enfrentarla, aunque no crea que ninguno de los dos sepa exactamente que es “esa cosa que tenemos que resolver”, pero, como sea, si no hemos cambiado tanto, mejor vamos afuera porque la situación puede ser complicada más allá de que, el que gane la discusión, uno después esté de llorona en el velorio del otro. En fin, afuera hay menos cosas que se rompen…
Hay un juego de jardín, me siento, apoyo el vino y los vasos. Él se sienta en la otra punta de la mesa y clava la vista, asumo, en alguna hormiga que está transitando el césped.
- Linda casa…
- ¿Por…?
Bueno, parece que llego la puta hora.
- ¿Qué?
- Vos sabés la reputa que te…
- Chapa, independientemente de la frigidez o fiebre uterina de mi madre, lo cual, ciertamente, no es el tema que nos convoca.
- No te hagas el boludo, Marcos…
- ¿Cuánto hace que no militas, Chapa?
- ¿Qué mierda tiene que ver…?
- Vos no militas, yo no milito… ¿Vamos a discutir por eso? ¿Por militancia…? Mandé a la mierda a la Corriente, a vos no te hice nada. ¿Quedaste en el medio? Lo lamento. ¿Qué más querés que te diga?
- Vos siempre la haces fácil… Fácil para vos, la haces…
- Sí… Pero a mí me forrearon, echaron a mi pareja de donde vivía, no me dieron una puta discusión… ¿Qué te hice a vos? ¿Entonces? Yo no te pido explicaciones… ¿Me las vas a pedir vos a mí? ¿De qué…?
Baja la cabeza hasta casi meterla entre sus rodillas, gira hacia el otro lado y rebufa como un toro en el corral, si yo fuese otra persona, dentro de dos segundos me estaría poniendo una trompada en el medio de la geta.
- ¿Chapa…’
- ¿Qué…?
- ¿Te puedo decir algo…?
- Pasó mucho tiempo…. ¿Dieciséis, diecisiete años…? Es mucho… Si por esos hijos de puta ni conocí a tu hijo...
- Ah… Es culpa de…
- No… Si querés iba a la maternidad, cosa de juntarme con todos los vergas… Un momento bárbaro te iba a hacer pasar…
- En eso tenés razón, pero…
- Sí, sí… ¿Y vos también? Cuando la operaron a mi vieja del cuore, en vez de pegarme una llamada, le preguntabas al blondo… Cómo ser boludos, fuimos los dos… Y te agrego, me intente suicidar un par de veces, me casé, saqué mi libro… ¿Chapa, está? No está… Créeme que me hubiera gustado compartir bastante cositas este tiempo, hermano…
- O sea, qué me borré yo…
- No te pongás dramático… Haceme el favor… Cada uno tomó decisiones de mierda, se “olvidó” de comunicarle al otro que mierda pasaba y la cosa se nos fue al carajo… Punto.
No responde, saca la mandíbula y aprieta los dientes mientras busca perder la mirada en algún punto del césped, fiel a sus costumbres, me saca un cigarrillo sin pedir permiso y se guarda mi encendedor en el bolsillo.
- ¿Y por qué no militás…?
- El encendedor…
- Uh… Disculpá…
- ¿Querés qué te diga que estaba equivocado? ¿Qué no encontré un lugar más para militar? ¿Qué la Corriente tenía razón…?
- ¿Me querés forrear…?
- No, siempre fui forro así al natural, no es una cuestión así intencional… Soy forro.
Sonríe, así que empiezo a sospechar que zafé de la trompada.
- ¿Y vos, por qué dejaste?
- No tenía tiempo… Y cuando empezás a tener tiempo, ya perdiste… Ya no…
- Parecido, te alejas y… Un día ves qué… Como que no tenés pasión.
- Empezás a cambiar prioridades… Mi hijo, mi mujer, el laburo…
- Vos… Vos cambiaste prioridades.
- Bueno, pero… Tu mujer…
- Hace años que me divorcié. En el laburo… No necesito laburar para vivir y… Escribo, es fácil, te sale o no te sale. No me pueden romper mucho los huevos, vos habrás podido cambiar prioridades, yo…
- ¿Entonces qué?
- Pasión. Me desperté un día y no tenía…No hay más pasión, Chapa, no tengo.

miércoles, 20 de enero de 2010

Capítulo 20: Para qué mierda estoy acá?

Y ya ni sé qué estaba buscando, si es lo que intentaba, tendré el agrado de ser el primero en decirme que lo he logrado. ¿Para qué mierda estoy acá? ¿Para buscar la misteriosa manera de continuar una novela donde su protagonista muere? ¿Para no dormir una perra noche en este hotelucho? ¿Para darme cuenta que me resulta agradable tirarme a mi ex, para encontrar una pendeja al azar, cogerla y, después, veinticuatro horas más tarde, dejarla sin que entienda muy bien por qué para poder irte con otra? ¿Era para garchar…? Podías hacerlo en Baires, Marcos, se supone que venías por otra cosa…
Vine a buscar una historia, pero lo cierto es que no estoy buscando ninguna historia, ni tan siquiera lo estoy intentando. ¿Qué buscás, Marcos, qué buscás?
Si la laptop hablara quizás tendrías una oportunidad que alguien te conteste, sería hasta aconsejable probar mejor suerte con el digamos que recepcionista, pero dudo que en su conspicua apatía pueda explicarte qué estás buscando. No, Marcos, quizás estás más cerca de perder la cordura que nunca, estás, total y francamente, perdido, extraviado… Te escapaste y ni tan siquiera sabés de qué, lo cual es un problema grave.
Son las nueve y media de un domingo cualquiera, apenas habiendo dormitado un par de horas y dandote cuenta que en una carpeta ostentosamente titulada “Tomá, Alejandro” has acumulado un número inverosímil de archivos de texto, lo cuales, sólo para una mente muy alienada quizás tendrían un remoto sentido. ¿Qué quizás sea tu Abaddón? En primer término, no sos Sábato, en una pizzería de la Boca le recogiste la gorra a los cuatro años, pero, ni por asomo, sos Sábato, ni tan siquiera se parece como escriben, tu único punto de contacto es la ni anecdótica gorra y la compartida capacidad para hacer que hasta el más hedonista pueda caer en una depresión profunda, tan profunda que roza el suicidio. Nada más, Marcos, nada más…
Bueno, sí, estoy rodeando algo, esquivandolo, y, cada vez que me acerco, busco alejarme con toda premura. Oteo el horizonte y busco la tangente más próxima, es cierto, pero el tema es por qué, estoy convencido que vine a buscar algo, el tema es que no sé que es ese algo, no puedo dimensionar ese algo, no puedo precisarlo…
¿O no te atreves, Marcos? No será que simplemente, no querés reconocer lo que estás buscando, desde que escribiste “La noche” hasta hoy, lo sabés muy bien, Marcos, lo tenés clarísimo, pero no vas a reconocerlo, simplemente, no vas a reconocerlo, Marcos…
No es eso, no es eso… No estaría en Rosario, sino… La iría a buscar y… La iría a buscar, punto. No estaría en Rosario…
¿Seguro?
Seguro, no… No estaría acá… ¿Por qué estaría acá?
Porque es dónde te quedaste esperando. Esperando hasta que no había nada que esperar y… No sé, quizás te entró la duda, si quizás estabas un poco más, si… No podés recuperar el tiempo perdido, no podés…
No, no es eso, no es eso solo…
¿Un avance? Empezás a darme la razón, Marcos.
No, no… No estoy esperando, no estoy esperando… Estoy… Bueno, ya voy a saber que estoy haciendo, ya voy a saberlo. Tengo que salir, tengo que salir… Tengo que hacer algo.
¿Te escapas…?
No me escapo, no me estoy escapando, ahora estoy seguro que no estoy escapando.
Atravieso por centésima vez a la deslucida recepción del Hotel Oviedo, repito el rito de seguir por Callao rumbo a Salta hasta encontrar un taxi, una tarea demasiado compleja un domingo por la mañana. No encuentro ninguno, aprovecho para comprar cigarrillos en el minimarket de la Estación de Servicio antes de cruzar esperando tener mejor suerte por Salta, efectivamente, no pasan más de cinco minutos hasta que aparece uno.
- A Ricardone…
- ¿Dónde…?
- Ricardone, el pueblo… La localidad…
- Mirá que te…
- No importa, tengo que llegar urgente, si agarrás por autopista mejor… Yo pago los peajes.
- Bueno…
Remonta Salta hasta Rodríguez, por Catamarca vuelve hasta Callao para agarrar el Túnel, Ingeniero Theddy, las Tres Vías, Rondeau, Sorrento para perderse por Casiano Casas hasta Circunvalación. Apenas emito palabra, tan sólo para saber si le molesta que fume. La autopista es el mejor sinónimo de la nada, casi doscientos kilómetros de asfalto sin más entretenimiento que sobrepasar un camión o un colectivo que viaja a Santa Fe, salimos en la AO 12, tres o cuatro kilómetros más y… En fin, tendré que encontrarlo…
- Entremos al centro del pueblo, ahí tengo que preguntar para llegar…
- Bueno…
Es un pueblo como tantos otros, tan triste, pacífico y aburrido como tantos otros. Un hombre, al que hace algunos años le hubiera dicho viejo, pero hoy no puedo sorprenderme que este mediando los cincuenta. El taxista frena ante mi indicación…
- Disculpe… Agnelo, Andrés Agnelo… ¿Sabría dónde vive?
- ¿Agnelo?
- Sí, la mujer se llama…
- Sí, ya sé… ¿Vió la Iglesia?
- Sí…
- Metale por esa… Cuatro cuadras y la… Segunda, tercer casita es… La tercera.
- Gracias.
Seguimos las indicaciones, antes de bajarme, extiendo dos billetes y no espero vuelto. Ahora, simplemente golpear y esperar encontrarlo… Un hombre con calvicie y algo excedido de peso abre la puerta.
- Hermanito…
Digo antes de abrazarlo.

Capítulo 19: Hija

Si he pensado mil veces que soy un pelotudo la pregunta debiera ser por qué sólo es que lo sigo pensando cuando es abrumador el peso de la prueba para confirmarlo. No tenía que venir, no debía venir y no quería venir. ¿Entonces? No tendría que haber venido… “No, disculpá, tengo un compromiso esta noche… Cualquier cosa te llamo…” ¿Llamarla? Claro, haceme cagar de la risa un rato. Pero, no, no… La regla infalible del cuarto polvo, le acabaste adentro y ahí… “Todo paro y (le) nació el amor”, para parafrasear aquel viejo tema de Ismael Serrano. Vas a cumplir cuarenta y cinco, no podes seguir siendo tan pelotudo.
- Sí, sí…
- Aunque en realidad me siento más cómodo con la poesía…
- Disculpá… ¿Tu nombre era…? Tengo una memoria de mierda.
- Gustavo…
- Lo que tengas… Poesía… Cuento… Lo que tengas, te di el mail, se lo mandás a mi secretario y… Se fija… O sea…– sí, que se arregle Víctor con este boludo – Si se puede… Da y… Lo presenta en la Editorial, pero son jodidos los tipos, pero… Como sea, Víctor te va a guiar mejor que yo… Andrea, escuchame, voy al baño, vuelvo…
¿Es el…? ¿Décimo…? Más o menos. Tendrían que poner un cartelito en la Escuela de Letras. “Si Ud. entró acá es porque no sabe escribir, caso contrario, escribiría”. Es como los que estudian periodismo deportivo, es porque son horribles jugando al fútbol, es una especie de ley de la Naturaleza. ¿Pero qué querés? Te garchás una pendeja de… ¿Veinte, veintidós…? Es lógico, si, encima estudia Letras y te dice que se va a juntar con unos amigos, y, además, que después van al Berlín, tendrías que saberlo… Sos rosarino, pasaste… ¿Cuánto? ¿Cinco años de tu vida internado en el Berlín? ¿No sabías…? Sí, sabías, nada más que sos tan hijo de puta enfermo que querías ver que onda con las amiguitas, y… Están buenas, la verdad que están buenas, la medio veterana, esa tiene carita de enferma como para un trío… Sí…. No sería una propuesta tan descabellada, sos un artista... No un guacho sexópata, medio enfermo como esa vez que te querías arrancar una gordita con el Chelito, y… Insistía un poco y agarraba viaje…
¡La concha de su puta madre! Pasan los años, el lugar se pone más cheto, pero sigue la misma clientela de mierda de siempre… Conchudos chetos que les agarró el ataque de zurdos, hippies mugrientos que hasta principios de año iban a las discos, pero, claro, se metieron en Humanidades y se volvieron revolucionarios, pero igual, igual, les quedo esa costumbre de mierda de levantar los antebrazos e ir empujando al que esta adelante… Pelotudo… ¿Querés pasar…? Agarrame a lo macho del hombro y haceme correr, si no te gusta, pegame un empujón como la gente y correme, pero esos empujoncitos de mierda me rompen los huevos, no sé si darme vuelta para partirle la geta al cheto hijo de mil putas o para atenderlo porque está con convulsiones. ¿Lo dejo pasar? Lo dejo pasar, pero le voy a meter el codo hasta el esternón, hijo de puta. Tomá… Dale, dale, date vuelta, date vuelta, dale…
Le clavo fijo los ojos al cheto que está tratando de recuperar el aire y paso con la sonrisa más psicótica que puedo expresar cuando una especie de tromba me atropella.
- ¿Qué mier…?
Para, para, Marcos… Rulos, cabellera teñida de rojo casi casi del tono de la remera de Independiente, escote que sería inconveniente hasta para una estrella porno y dos tetotas más bien blanquecinas que brotan del escote sostenidas seguramente por el armado.
- ¿Hija…?
Sí, sí… Tiene que ser, cerveza en la mano, cerca de los cuarenta, un porrón en la mano más una cierta actitud de ebria que se combina exactamente con su estado de borrachera.
- ¿Hija? – bueno, llegue tarde para que sus impulsos nerviosos tengan, no digo mucho, cierto grado de coordinación mayor a la contracción errática de sus ojos para fijar la vista – ¿Marcos… Sarría…? ¿”Padre”?
- ¡Hijo de puta!
Mientras espero que la única mujer capaz de romperme el alma, se esté lanzando sobre mí para abrazarme, ruego, lentamente que este sea un “hijo de puta” amable. Abrazo, respiro.
- ¿Qué haces acá?
- Una larga y… Compleja historia. ¿Y vos…?
- Es el Berlín…
- Es el Berlín. Es el Berlín.
- ¿Cómo andás, puto?
¿Además qué más femenino que vos borracha?
- Bien… Medio hinchado los huevos de la compañía, pero… ¿En qué andas?
- Buscando un pendejo de veinte, veinticinco que me de masa toda la noche…
- ¿La parte de abajo sigue como siempre?
- Están todos alzados…
- Vas a conseguir, boluda…
Cuando se ríe tiene un dejo de feminidad, bastante lejano, pero un dejo al fin y al cabo, aunque, cuando te lanza el manotazo sobre el hombro, ese instante, levemente femenino, tiende a disolverse por la misma bruma de que ha venido.
- ¿Soy yo que no estoy en estado o… Vos pegás cada vez más fuerte?
- Estuve haciendo fierros, Padre… Las tetas… Ya no están en el mismo lugar en que tenían que estar…
- Jajajaja. Por cierto… ¿Están en oferta?
- Estoy en oferta…
- La puta que te… Escuchame, tarada, pasame un fono que estoy unos días en Rosario, te llamo y nos hacemos unos porrones…
- Anotá, anotá…
- Yo te mando un mensaje después, porque… En este estado…
- Sí, mejor… Ciento cincuenta y cinco…. Dos, cuatro, siete… ¿Dos, cuatro, siete…?
- Sí, ya me dijiste…
- Qué no estoy muy bien…
- Lo noté… Dale…
- ¡Ocho cuarenta y tres!
- Listo… ¿Con quién estás?
- ¿Te acordás la rubia?
- ¿Rubia…?
- La que… Está sentada allá atrás…
Apunto la mirada, escudriño un poco…
- Ya sé… Para… ¿Está más buena que antes o me parece?
- Tiene guita… Ya estaba buena… Imaginate con cirugía…
- Haceme la segunda…
- Dejate…
- Haceme la segunda…
- Pero… ¿No tenías compañía?
- Haceme la segunda… Que le tengo ganas atrasadas…